zonagirante.com is a portal established in 1999 with the goal of promoting Latin American Music and Culture. José Gandour, the editor and publisher, invited me to write an editorial about the possibility of having Same Sex marriages legalized in Colombia. In my thesis I argue that human rights cannot be voted by the majority and that we need to be very careful with ultra-conservatism, blooming in Latin America. One of the political videoart pieces I developed in 1995, Love Lessons, is also presented with the article. In this work I present the homophobic comments of the human rights commissioner of Barranquilla, acting as a prophetic view of the country almost 20 years later.


No necesitamos leyes para amar, Abril 17 del 2013

Publicado en Zona Girante
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En 1992, apenas a unos meses de haberse instaurado la nueva constitución colombiana en donde se despenalizó la homosexualidad, decidimos crear la primera asociación de estudiantes gay de la Universidad Nacional de Colombia. Los decanos y Antanas Mockus, el rector progresista y luego alcalde de Bogotá, nos apoyaron completamente, viendo la posibilidad de generar un ámbito de igualdad y respeto en la institución. Casi inmediatamente recibimos las primeras amenazas de muerte: primero de los Guardias Rojos, estudiantes revolucionarios maoistas, que consideraban a los homosexuales como un símbolo decadente de la sociedad capitalista, luego de los nacientes grupos paramilitares y de extrema derecha que nos veían como humanos desechables. Afortunadamente no pudieron matarnos.

Simultánemente, veíamos como las redadas de la policía en los bares disminuían, cada vez más gente salía del closet, y los sitos de rumba dejaban de ser subterráneos para encontrarnos en los primeros bares alternativos de Bogotá como Barbarie, Barbie y TVG,  y los templos de la fiesta Gay de los 90's  como lo eran Cinema y la Pantera Roja. Apenas estábamos descubriendo lo rico que se siente poder ser lo que se es sin decir mentiras ni escondernos. Ya estábamos afuera, y nadie nos haría encerrarnos de nuevo.

Hace 20 años apenas buscábamos ser visibles. Y cuando alcanzamos esta visibilidad entendimos que las personas al final de cuentas no somos tan diferentes. Y que todos merecíamos los mismos derechos. Pero por muchas razones, éstos no se aplicaban de la misma manera. Sí: teníamos el derecho de rumbear, salir en Drag, y de que nos invitaran a ser la entretención de las fiestas – por ejemplo, Assesinata, la diva Drag Queen de la era de la prohibición de la rumba después de la media noche – pero todavía nos podían despedir del trabajo por tener aretes, o no atendernos en urgencias de un hospital por tener tacones, o los niños bien nos golpeaban salvajemente a la salida de un bar para demostrar que eran lo suficientemente machitos. A las duras aprendimos que la vida no es solo baile y maquillaje, corre todo el tiempo, en el transporte público, los supermercados, las estaciones de policía, las notarías y las funerarias.  

Todavía podemos ver a familia que desheredó a la oveja rosa apareciéndose en el entierro de su familiar para pelear por quedarse con todo lo que por ley le pertenece a la pareja sobreviviente, en una relación heterosexual. La enfermera de turno no deja que yo entre a ver a mi pareja en urgencias porque por ley no tenemos una relación. El funcionario de inmigración no deja que mi pareja reciba su cédula de extranjería porque es de mi mismo sexo.

Los enemigos del Matrimonio Igualitario dicen que nuestras relaciones van en contra del derecho natural, de la biblia, de la reproducción, de la religión, de la infancia, de la moral, de todo lo que para ellos es bueno. Y a pesar de todos los bloqueos que han logrado crear, ahí seguimos adelante, construyendo relaciones duraderas, comprando bienes, generando empleo, criando hijos, sobrinos y nietos, y creando nuestros círculos de apoyo con familias putativas maravillosas que sí nos aceptan como somos.

No necesitamos leyes para dar y recibir amor, o educar a nuestros hijos, o querernos los unos a los otros. Esto lo seguiremos haciendo, sea legal o no, simplemente porque somos humanos. Pero sí necesitamos estas leyes para que protejan nuestras relaciones y a los niños que crecerán sabiendo que todos los colombianos, y en general todos los latinoamericanos, somos iguales, independientemente de lo que vayan a hacer en la cama cuando crezcan.

Si al pueblo le hubieran pedido su opinión sobre las necesidades del transporte a fines del siglo 19, todavía estaríamos montando a caballo. Por esta misma razón, los derechos igualitarios no pueden ser puestos en juicio bajo la perspectiva mayoritaria. Necesitamos estas leyes para que nos protejan de los abanderados de la moral, los representantes de la mayoría y los procuradores del derecho, que por ignorancia, intereses económicos o políticos, no pueden ver que somos parte integral de nuestros paises, y que seguiremos existiendo a pesar de sus amenazas, odios y masacres.  No dependemos de leyes para existir y seguir amando.